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viernes, 12 de diciembre de 2008

La voz (relato impertinente)

Cuando era niño, creía que su voz era casi normal. Para los compañeros del colegio, era un torrente monstruoso. Ramón era un crío con cuerpo de niño casi desnutrido de posguerra, borracho de Calcio 20, pero con una voz de ultratumba. Las palabras más comunes chocaban dentro de su boca como un latigazo metálico que entonces no se podía comparar con nada natural, mucho menos humano. Casa no era casa, sino algo similar a "CAUSAI", pero con eco, o sea, "CAAAUUUSAAAIII". Lo apodaban "Suspiro del infierno" , "garganta borrascosa" o, simplemente, "El espectro". Algunos también le llamaban "Frank Sinatra", con cruel ironía. No le molestaba mucho. En el ranking de motes era ampliamente superado en crueldad al menos por los de otros 10 niños con singularidades mucho menos notorias que la suya. Estaban "el pequeño gran hombre", "Cara coño" y no se escapaba el profesor de inglés, que tenía dos: "ass no" y "polla nose".

Ayudado por su tenacidad, Ramón íba sorteando con habilidad las dificultades cotidianas para hacerse entender y respetar. Se acostumbró a comenzar las conversaciones telefónicas con desconocidos con la frase: "me han hecho una traqueotomía", que dejaba todo el peso del éxito de la conversación en el otro. Su vida social no era la de un showman, pero se defendía bien. Era listo, y mientras no hablase tenía bastante atractivo. Se acostumbró a seducir a las chicas en silencio. Se aplicó mucho en aprender a bailar sólo, escuchando a "Queen" delante del espejo. Después, en la semioscuridad de la discoteca, desplegaba sus movimientos más sensuales, seleccionaba a la chica, y la seducía implacablemente con sus irresistibles golpes de pelvis en el aire. Antes de tener que abrir la boca ya estaba en un callejón o en uno de aquellos sofás llenos de lamparones de la disco en plena y trepidante acción sexual.

Apuraba al máximo estos momentos, sobre todo si le gustaba mucho la chica. Sabía que cualquier ilusión de futuro se desvanecería en el justo momento en que dijese su nombre: "RAAUMOOOUUUNNN". Había visto correr despavorida a más de una después del resfregón. La infancia y la adolescencia de Ramón transcurrieron así, con pena y con una gloria efímera.

Poco a poco la naturaleza fue imponiendo su calendario: empezaron escasear las salidas nocturnas de garrafón y botellona conforme sus amigos y amigas empezaban a salir más veces con algunas de las chicas y chicos que íban conociendo. Los chicos terminaban echándose novias, cada vez más duraderas, mientras Ramón empezaba a sentir el peso de la soledad.

A veces salía solo, a buscar su rollete silencioso y único. Se acordaba de muchos de aquellos encuentros fugaces, e imaginaba lo que podría haber sido su relación, por ejemplo, con aquella rubia, Ana, de la que se enamoró a bocajarro una noche. Pero siempre vencía en su memoria la desagradable escena final, con la chica corriendo, tan guapa y tan desesperada, buscando a la policía. Lo de Ana fue igual, como lo de las demás, era parte de la rutina que estaba devastando su vida.

Su suerte empezó a cambiar un sábado por la noche. Había quedado para celebrar el cumpleaños de su mejor amigo, Ricardín. Estaba dispuesto a beber hasta caer redondo en el suelo del bar, para mitigar el dolor, o eso se decía a sí mismo y a sus colegas. En el otro extremo de la mesa del bar, estaba otra de las mujeres de su vida, otro proyecto truncado: una morena muy guapa, que le miraba con unos ojos verdes refulgentes como el mar agitado de la tarde. Nunca la había visto antes pero sabía que era amiga de Alejandra, la novia de Ricardín, y también sabía que se había enamorado otra vez.

La chica se levantó y, sin dejar de mirarle a los ojos, se fue directamente hacia donde él estaba. Ramón estaba histérico. Ni siquiera tendría la oportunidad de llegar a la tabla de salvación de la pista de baile para experimentar unos minutos de pasión con ella. Pensaba muy rápido. Sólo disponía de segundos para inventar cualquier excusa y salir pitando: miró al baño y había una cola inmensa. Derramarse la copa encima no le íba a evitar tener que hablarle. "¡Piensa algo, estúpido!", se dijo, sin darse cuenta de que con la rabia, había pronunciado estas palabras en voz alta, tan alta que ella y todo el bar las escuchó: "¡¡PIIEENNUUSSAAAUU NAULGOSTUUUPIDDDOOOUUUU!!".

El vozarrón metálico, amplificado por el grito desgarrador, paralizó la fiesta en un segundo. De repente, todo el mundo lo estaba mirando, incluso aquellos amigos que conocían su voz desde pequeños, extrañados de que Ramón gritase de ese modo sabiendo, como sabían, que podía ser su perdición para toda la noche.

La chica se le quedó mirando con unos ojos entre sorprendidos y cariñosos, cada vez más verdes, cada vez más revueltos, agitados. Sin decir nada le agarró del brazo y de lo llevó afuera. A su casa. Por primera vez hizo el amor en una cama con una chica que había escuchado antes su terrible voz. Lo hicieron durante toda la noche, de forma desenfrenada. Al principio le costaba soltarse, pero poco a poco fue dando rienda suelta a su torrente de voz. Podía aullar, decía coass como "EEEUSTOOOYYYY MUY CCAAUUULIEEENTEEEE" o "SIIIGUEEEE ASIIIIIUUU", sin temor a estropear ese momento histórico en el que, por primera vez, hacía el amor en estereo.

Cuando abrió los ojos, Ramón tenía esa misma cara de estúpido que tienen todos hombres cuando han triunfado. Como de "soy el tipo más irresistible de este lado del Mississipi" o "¿tienes algo que hacer el resto de tu vida, muñeca?". Luchaba en vano contra la ilusión. Esta vez podría ser algo más que el revolcón de una noche. "Esta vez me he enamorado de alguien que me quiere como soy". Se decía cosas de este estilo mientras se hipnotizaba mirando el hermoso cuerpo desnudo de la chica, que se ondulaba con el suave oleaje de su respiración.

Ramón no dejaba de pensar qué palabras le diría cuando ella despertase. Ya estaba planeando expresarle abiertamente sus sentimientos, pero "¿cómo lo hago? Hablar no es mi fuerte, desde luego. Quizás sea mejor escribirle. Eso es..."

Su divagación fue cortada bruscamente por los primeros movimientos del despertar de la chica. Cuando sus ojos se abrieron se encontraron directamente con lo ojos de Ramón. Ella sonrió y se le quedó mirando un largo rato, feliz. Entonces, Ramón se dio cuenta de que ni siquiera sabía el nombre de la chica.

-"Cómo te llamas?" le preguntó

-"VAAAUUNNEESSSAAAA".


Y fueron felices, y comieron perdices

Moraleja: No te quejes, que toavía pué ser peor

1 comentario:

draak dijo...

Mola el relato entre tanta recesión económica.
Me ha divertido y he soltado una buena carcajada con lo de "hacer el amor en estéreo.

Avanti y entre col y col, relato